Entre la vetusta Ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron los famosos lances de «El Sombrero de tres picos,» y la insigne Capital de aquella estacionaria Provincia, donde hay todavía muchos moros vestidos de cristianos, álzase, como muralla divisoria de sus respectivos horizontes, un formidable contrafuerte de la Sierra más erguida y elegante de toda España.

Cerca de diez leguas de espesor (las mismas que la Capital y la Ciudad distan entre sí) tiene por la base aquel enorme estribo de la gran cordillera, miéntras que su altura, graduada por término medio, será de seis ó siete mil piés sobre el nivel del mar.—Subir á tal elevacion por retorcidas cuestas, y descender de allí luégo por otras cuestas no ménos retorcidas, es la tarea comun de cuantos van ó vienen de una á otra comarca; cosa que sólo podia hacerse, á la fecha en que principia nuestra relacion, por un mal camino de herradura, convertido poco despues en un mucho peor camino carretero.

Ahora bien, amigos lectores: el primer cuadro del drama romántico de chaqueta y rigurosamente histórico (aunque no político) que voy á contaros (tal y como aconteció, y yo lo presencié, entre la extincion de los Frailes y la creacion de la Guardia Civil, entre el suicidio de Larra y la muerte de Espronceda, entre el Abrazo de Vergara y el Pronunciamiento del General Espartero; en 1840, para decirlo de una vez) tuvo por escenario la cumbre de esa montaña, el promedio de ese camino, el tránsito del uno al otro horizonte; punto crítico y neutro, que dista cinco leguas de la Ciudad y otras cinco de la Capital, y en que, por ende, suelen encontrarse al mediodía y decirse «¡á la paz de Dios, caballeros!» los viandantes que salieron al amanecer de cada una de ambas poblaciones.

Es aquel un paraje rudo, áspero y pedregoso, sin historia, nombre ni dueño, guardado por esquivos gigantes de pizarra, donde la Naturaleza, vírgen y tosca como salió de las manos del Criador, vive pobremente, pero sin muchos cuidados, entregada á la dulce rutina de sus invariables quehaceres.—Tan árida y escabrosa es aquella region, que nadie ha entrado nunca en codicia de disputar á los animales silvestres el pacífico, inmemorial disfrute de las escasas hierbas y atroces matorrales que festonean sus riscos; por lo que, ni siquiera hoy, despues de la desamortizacion y venta de todo lo criado, figura tal arrabal del Planeta en el catastro de la riqueza pública.—Sin embargo, no vivian completamente á sus anchas, en la época de que va hecha mencion, los inciviles y sueltos moradores de aquella majestuosa soledad; pues, amén de las importunidades ordinarias que á ciertas horas les ha acarreado siempre la vecindad del sendero humano, solia acontecer por entónces con demasiada frecuencia, que ladrones en cuadrilla, ó no en cuadrilla, armados de terribles trabucos, acechaban allí á los viajeros inofensivos, y áun á la misma Justicia del Estado, como en lugar muy á propósito, por lo estratégico, para librar batalla á las leyes sociales.

El dia de que tratamos (sábado, 5 de Abril), sería ya la una de la tarde, y áun no se habia divisado alma viviente en aquel pavoroso recinto, cerrado á la vista por las ondulaciones de las montañas subalternas. Hallábanse, pues, solos y gustosísimos los pájaros, las bestiecillas montaraces y los reptiles é insectos que lo habitan; todos ellos doblemente regocijados y juguetones á la sazon, con motivo de haberse dignado subir á aquellas alturas, á pasar unos dias en su compaña, la hermosa y galante Primavera...

Allí estaba, sí, la pródiga deidad, y bien se conocia donde quier el mágico influjo de sus gracias y donosura. En todas partes habia flores: en las solanas, en las umbrías, entre las peñas, en los mismos líquenes de las rocas, hasta en el tortuoso sendero frecuentado por el hombre, y en las cruces y lápidas conmemorativas de bárbaros asesinatos...—Respirábase un aire cargado de aromas deleitosos. Los pajarillos se decian sus amores con breves y agudos píos, que turbaban, ó hacian más notable y solemne, el hondo silencio del resto de la Creacion... Tambien se percibian de vez en cuando leves murmullos de arroyuelos que pugnaban por abrirse paso entre importunas guijas; pero muy luégo cesaba el rumor, por haber hallado el agua más cómoda ruta... Pintadas mariposas revolaban de acá para allá, no ménos lindas que las flores en que libaban, y más libres que ellas; miéntras que tímidas alimañas y recelosas aves codiciadas por los cazadores retozaban descuidadamente, áun en el odiado camino de herradura... ¡Todo, todo era paz, y amor y delectacion en la tierra y en el ambiente!... El mismo cielo sonreia, como un padre satisfecho de la ventura de sus hijos...—Dijérase que el mundo acababa de ser criado... La infatigable Naturaleza parecia una doncella de quince abriles.

De pronto, todos los animales se avisparon y echaron á correr ó á volar, apartándose del camino, y una nube de polvo empañó la transparencia de la atmósfera hácia la parte de la Capital...

Era que venía el Hombre.

Y, pues que el Hombre, el rey de la Creacion, solia pasar por allí dando el mal ejemplo de temer á sus prójimos, nada tuvo de particular ni de ofensivo que los humildes irracionales se apresurasen, como todos los dias, á evitar su real presencia.