—No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita no
ha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta,
cuando ha ido a la Ciudad a buscarle un médico....
—¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a la
Ciudad?—exclamó D. Eugenio más aterrado que nunca. 84-30
—A lo menos, eso me ha dicho ella....
—¡Corre, corre, Garduña!—¡Ah! ¡estoy perdido
sin remedio!—¿Sabes a qué va la señá Frasquita a la
Ciudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡A
decirle que estoy aquí!—¡Oh, Dios mío, Dios mío! 85-5
¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que se
habría ido al Lugar en busca de su marido; y, como
lo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba su
viaje! Pero ¡irse a la Ciudad!...—¡Garduña, corre,
corre..., tú que eres andarín, y evita mi perdición! 85-10
¡Evita que la terrible Molinera entre en mi casa!
—¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo?—preguntó
irónicamente el Alguacil.
—¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buen
uso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que 85-15
quieras!
—Pues voy volando. Duérmase Usía tranquilo.
Dentro de media hora estoy aquí de vuelta, después de
dejar en la cárcel a la navarra.—¡Para algo soy más
ligero que una borrica! 85-20
Dijo Garduña, y desapareció por la escalera abajo.
Se cae de su peso que, durante aquella ausencia del
Alguacil, fue cuando el Molinero estuvo en el molino
y vio visiones por el ojo de la llave.
Dejemos, pues, al Corregidor sudando en el lecho 85-25
ajeno, y a Garduña corriendo hacia la Ciudad (adonde
tan pronto había de seguirle el tío Lucas con sombrero
de tres picos y capa de grana), y, convertidos también
nosotros en andarines, volemos con dirección al Lugar,
en seguimiento de la valerosa señá Frasquita. 85-30