Sin más accidente, llegó a las puertas del Lugar, a
tiempo que serían las once de la noche.
UN REY DE ENTONCES
Hallábase ya durmiendo la mona el señor Alcalde,
vuelta la espalda a la espalda de su mujer (y formando
así con ésta la figura de águila austriaca de dos cabezas
que dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelo
llamó a la puerta de la cámara nupcial, y avisó al Sr. 87-5
Juan López que la señá Frasquita, la del molino, quería
hablarle.
No tenemos para qué referir todos los gruñidos y
juramentos inherentes al acto de despertar y vestirse
el Alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde luego 87-10
al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándose
como un gimnasta que ejercita la musculatura,
y exclamando en medio de un bostezo interminable:
—¡Téngalas V. muy buenas, señá Frasquita!—¿Qué
le trae a V. por aquí? ¿No le dijo a V. Toñuelo 87-15
que se quedase en el molino? ¿Así desobedece V. a
la Autoridad?
—¡Necesito ver a mi Lucas! (respondió la navarra).
¡Necesito verlo al instante!—¡Que le digan que está
aquí su mujer! 87-20
—¡Necesito! ¡necesito!—Señora, ¡a V. se le olvida
que está hablando con el Rey!...
—¡Déjeme V. a mí de reyes, Sr. Juan, que no estoy
para bromas! ¡Demasiado sabe V. lo que me sucede!
¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!