—¿De modo (exclamamos nosotros), que ni Frontaura ni su policía saben nuestra llegada á Salamanca?
—Creemos que no; pero, aunque el Gobernador la supiera, no podría acudir á ustedes hasta las dos de la tarde. Hoy es el cumpleaños de la reina D.ª Isabel II, y, con tal motivo, hay besamanos en el Gobierno civil; ó, mejor dicho, el Gobernador recibe corte.—Si quieren ustedes, nosotros, cuando vayamos á la recepción, le diremos que están aquí.
—¡De manera alguna! Nosotros debemos procurar que Frontaura ignore nuestra llegada á su ínsula, á fin de sorprenderlo y de poner en solfa á sus esbirros é inquisidores.
—Pues entonces optamos por no asistir al besamanos oficial, y luego iremos con ustedes á ver á Frontaura.
—¡Admirable idea! De este modo podrán ustedes hacernos el obsequio de acompañarnos ahora mismo á visitar la Universidad.....
—Con muchísimo gusto.....
—Pues andando.
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Ya que este capítulo ha comenzado en estilo familiar, y que son muchas las intimidades en él referidas, aprovecho la ocasión de deciros, para que nos entendamos mejor, que mis tres compañeros de viaje eran: un ex ministro de Hacienda, muy aficionado á las Bellas Artes y competentísimo en ellas y en otras muchas cosas; un ex diplomático y ex consejero de Estado, dado á la arqueología, á la numismática y á la indumentaria, el cual conoce por su nombre á todos los baratilleros del Rastro de Madrid, y uno de nuestros más afamados pintores, que ganó en la Exposición Nacional de hace algunos años el primer premio de Pintura de Historia.
Pues bien: este pintor y yo declaramos, al salir del Hôtel, que nosotros, por razón de oficio, teníamos obligación de estudiar, no sólo obras de arte, sino costumbres, tipos, paisajes y otras escenas pictóricas ó novelescas, y que, por consiguiente, sin perjuicio de ir á la Universidad y á todos los edificios monumentales de Salamanca, deseábamos contemplar también los sitios, las perspectivas y los cuadros naturales más característicos de la ciudad, añadiendo (para que el ex ministro y el ex consejero comprendiesen bien nuestra pretensión) que en el Corrillo de la Hierba nos habíamos quedado con hambre de aprendernos de memoria á aquellos tíos, ó sea á aquellos vendedores y compradores, y sus vestimentas, adornos y mercancías.