La Granadina no es andaluza de profesión.
Quiero significar con esto que la Granadina, aunque posee todos los encantos especiales de las andaluzas, su imaginación, su donaire y su belleza no es, ni nunca pretende ser, el consagrado prototipo de la raza bética; no es, ni siquiera entre la gente ordinaria, la jacarandosa macarena pintada en el forro de los calañeses y sobre las cajas de pasas de Málaga; no es, ni de ello presume, la estereotipada heroína de las saladísimas piezas de Sanz Pérez; no es, en fin, la mujer andaluza, tal como la tienen metida en la cabeza los extranjeros; tal como se la dieron á entender la Nena y la Petra Cámara, y tal como ellos van á admirarla allende Despeñaperros, á riesgo y hasta con ansia de que salgan á robarlos los Grandes de España de primera clase que, según es sabido, despluman, trabuco en mano, á los periodistas franceses que pasean sus tesoros por España!!!
No: la Granadina no hace gala del género andaluz, ni en su pronunciación, ni en sus actitudes, ni en su estilo, ni en sus hábitos. Es en lo que principalmente se diferencia de las hijas del Guadalete, del Guadalquivir y del Guadalmedina (ríos cuyos nombres valen un imperio, en el sentido recto de la palabra), las cuales, por muy damas que sean (y las hay principalísimas, que pueden echarse á pelear con las mejores de Madrid), siempre, siempre..... (¡no me lo neguéis!) abundan en su propio andalucismo, á sabiendas de lo que en el orbe vale y puede esta calidad.....—Por el contrario: aunque la Granadina, en su pronunciación, en sus actitudes, en su estilo y en sus hábitos, revele constantemente su idiosincrasia andaluza, es de una manera indeliberada, inconsciente, inadvertida. Creeríase que no se tiene por tal, ó que ignora que las andaluzas gozan fama en ambos hemisferios de jocosas por antonomasia. Ello es, repito, que nunca alardea en tal guisa, ó, para hablar más á la buena de Dios, nunca la echa de graciosa..... ¡Y lo es tanto!
Muchas veces (¡ya lo creo!: siempre que le hace falta para volver el juicio á un hombre, ó para salir de cualquier apuro) deja la Granadina el grave continente de que hablaremos después, ¡amigo!, y entonces sabe plantarse como una jerezana, y contonearse como una de Sevilla, y argüir como una de Córdoba, y poner más caras y más cruces que una de Málaga..... Pero esto es un relámpago fugitivo, durante el cual se ve lo que no es decible de trastienda, monadas y travesura, y luego vuelve su señoría á la acostumbrada formalidad, no quedando de la pasada metamorfosis sino algunos hoyuelos en las mejillas y cierto reir en los hechiceros ojos; permanentes indicios del alma que se esconde en aquel cuerpo.
CAPÍTULO II
MOROS Y CRISTIANOS
Conque, ya lo he indicado, y aquí lo consigno, y sirva esto de corolario al capítulo anterior, á la vez que de segundo
AXIOMA:
La Granadina es una andaluza seria.
Tan rara seriedad no tiene nada que ver con la inalterable circunspección, con la espetada tiesura ni con la solemne parsimonia de las pobladoras de otras regiones de España. Es un melancólico señorío, una poética distinción, un gracioso romanticismo, propio exclusivamente de las reinas destronadas. La Granadina podrá ser genial y chistosa por naturaleza, y resultar así cuando se la excita; pero se diría que siempre es á pesar suyo. No de otro modo (y va de símil) tal ó cual huérfana, ó tal ó cual reivindicable viuda, tiene la figura risueña y deliciosa, y la voz juguetona como un trino, y el discurso divertidísimo por lo travieso, aun el día en que estrena sus tocas de luto y en que está su corazón verdaderamente acongojado.