El breve bosquejo que vamos á hacer de la historia del Monasterio de Yuste desde su fundación hasta los tiempos presentes, no supone de nuestra parte prolijas investigaciones ni detenidos estudios. Significa tan sólo que, cuando visitamos aquellas venerables ruinas, tuvimos la fortuna de que el celoso empleado que las custodia nos enseñase y nos permitiese extractar rápidamente un preciosísimo infolio manuscrito que guarda allí como oro en paño el Sr. Marqués de Miravel, actual propietario de aquellos que llegaron á ser bienes nacionales.
Dicho manuscrito, que constituye un abultado tomo, pudiera llamarse la Crónica del Convento, y fué redactado por uno de los últimos religiosos que habitaron aquella soledad—por el P. Fr. Luis de Santa María,—quien se valió para ello del Libro de Fundación del Monasterio, de las Actas de profesión de sus individuos y de las Escrituras y Cuentas referentes á los pingües bienes que llegó á poseer la Comunidad.
Con este libro, y con las muchas noticias y apuntes que nos ha suministrado una persona muy estudiosa y versada en todo lo concerniente á la Vera de Plasencia—el Sr. D. Félix Montero Moralejo—hemos tenido lo bastante para aprender en pocas horas cuanto puede saberse acerca de Yuste; como vosotros, lectores, podréis aprenderlo también en un momento, si nos prestáis vuestra benévola atención.
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«En el año de 1402, sobre una de las colinas que se elevan al Norte del actual convento, alzábase una pequeña ermita, llamada del Salvador, á la cual iban anualmente, en alegre y devota romería, los pueblos comarcanos. Cerca de aquel modesto santuario había un rico manantial, conocido por la Fuente-Santa, nombre que debió á la catástrofe ocurrida á catorce Obispos que, refugiados en la dicha ermita cuando la invasión de los árabes, fueron descubiertos por éstos y degollados bárbaramente sobre el cristalino manantial, rojo luego con la sangre de aquellos ilustres mártires[4].
»Sin duda alguna, á la celebridad de este acontecimiento y á la veneración en que los naturales de la Vera tenían la Ermita del Salvador, debióse que por entonces resolvieran trasladarse á ella y establecerse allí dos santos anacoretas que moraban hacía tiempo en la ermita de San Cristóbal de Palencia.
»Ello es que en una hermosa tarde del mes de Junio de 1402 (la tradición así lo refiere), Pedro Brales ó Brañes y Domingo Castellanos, con tosco sayal y larga barba, precedidos de un jumento, portador de escasos y pobres enseres, después de una jornada de siete leguas que dista la ciudad de Plasencia, llegaban al obscurecer al escabroso y elevado sitio que ocupaba la Ermita del Salvador, y, en ella instalados, continuaron, como en la de San Cristóbal, su vida cenobítica y penitente, á que se prestaba más y más aquel solitario sitio.
»Sin embargo, la considerable altura á que éste se encontraba, en la ladera misma de la sierra, y los augurios de algunas personas del inmediato pueblo de Quacos, hicieron pronto temer á los ermitaños que les fuera imposible habitar la Ermita del Salvador en la estación de las nieves y las aguas. Pero era tan majestuosa, por lo deleitable y absoluta, la soledad en que allí vivían, que de manera alguna quisieron abandonarla por completo, y á fin de evitar el peligro de helarse que podrían correr en las escarpadas rocas donde moraban, bajaron á inspeccionar las faldas de aquella misma sierra en busca de un paraje lo más próximo posible al Salvador, donde al abrigo de los elementos pudiesen continuar su vida de penitencia.
»Así llegaron á un escondido barranco, por en medio del cual corría el cristalino arroyo llamado Yuste, á cuyas orillas crecían algunos árboles, y donde toda la naturaleza se mostraba más benigna que en los alrededores. Parecióles aquel punto muy á propósito para establecerse, y, sentándose bajo un árbol á descansar de su largo reconocimiento, proyectaban ya bajar á Quacos al siguiente día á tratar de la adquisición de aquel terreno, cuando apareció por allí un hombre, que se les acercó afablemente y trabó conversación con ellos como si los conociera de toda la vida.
»Pronto supieron por sus explicaciones que era un vecino de Quacos, llamado Sancho Martín, propietario de todo aquel barranco, y que casualmente había subido aquella tarde á recorrerlo, cosa que no solía hacer. Enteróse por su parte el recién llegado campesino del deseo de ambos cenobitas, y en aquel mismo punto y hora hízoles donación del pedazo de terreno que necesitaban, asaz inculto por cierto; donación que se confirmó en 24 de Agosto de aquel mismo año de 1402, ante el escribano Martín Fernández de Plasencia.—Por eso el modesto labrador Sancho Martín ocupa el primer lugar en la Crónica de Fr. Luis de Santa María, entre los protectores del Monasterio de Yuste; lista en que más adelante figuran potentados y monarcas.