Perdido yo en la sombra de aquellas frías y solitarias capillas, creía que el héroe muerto de la composición de Beethowen era el honor español.
A lo lejos me pareció oir las carcajadas de la moderna corte de España, confundidas con las risas de desprecio de los riffeños, de los mejicanos y de los poseedores de Gibraltar. ¡Hasta creí sentir ruido de mejillas abofeteadas, y nuevas risas, y crujidos de huesos que se removían indignados bajo las losas de los sepulcros!
«¡Los extranjeros nos insultan!.....»—gritaba una voz en los aires.....
El órgano había callado. Levanté la frente, y quise huir..... Pero ya era de noche, y las tinieblas me rodeaban.—Llegó en esto mi amigo, y me sacó de la Catedral.
Una furiosa tormenta estaba descargando sobre Toledo..... Pero se acercaba la hora de partida del tren, y tuvimos que salir á escape entre la granizada y el huracán, como almas que se lleva el diablo.
Tres horas después me hallaba en el café Suizo de Madrid.
Junio de 1858.