Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico, pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV, sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus panegiristas mayor gloria que la de ser en los concilios presidente, cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse (al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas.

Pero del Rey abajo, ninguno. En aquella sociedad apénas habia clases, y más que monarquía debia llamarse democracia frailuna. A ello contribuian la sencillez cenobítica y austera de que los mismos reyes, sobre todo Felipe II, dieron larga muestra; el modo de vivir áspero y duro: la general pobreza; la anulacion absoluta de la aristocracia desde que el cardenal Tavera la arrojó de las córtes de Toledo; el predominio de la Iglesia, que abriendo sus puertas á todo el mundo, lo igualaba todo; y aquella profusion de conventos y universidades, de donde los más humildes y plebeyos llegaban, en fuerza de sus letras y de su teología y cánones, á las mitras y á las togas, y al confesonario y á los consejos del Rey. Por otra parte, expulsados los judíos y los moros, y triunfantes los anticristianos estatutos de limpieza, todo cristiano viejo se creia, por serlo, igual al más encopetado magnate. La hidalguía era patrimonio comun, y provincias enteras del Norte de España se jactaban de poseerla. En la Edad Media se ganaba á lanzadas contra los moros. En el siglo XVI fué uso conquistarla lidiando contra turcos y luteranos, ó conquistando fabulosos imperios y descubriendo y cristianizando regiones incógnitas en América.

Siempre andan en el mundo revueltos los bienes con los males, y así este mismo espíritu aventurero y heroico y esta misma igualdad, cristiana en su raíz y fundamento, nos hizo mirar con menosprecio, y á veces con odio, las artes mecánicas y la industria y el comercio, dejó abandonados y silenciosos nuestros talleres y nuestras lonjas, y nos hizo súbditos de mercaderes extraños, á quienes fué á enriquecer, sin provecho nuestro, el oro de las vírgenes entrañas del Nuevo-Mundo. Toda riqueza fué aquí pasajera y advenediza: faltó clase media, y aquel vivir al acaso y fiarlo todo de la fortuna, puso en más de una ocasion al caballero á dos dedos del pícaro, aventurero tambien y conquistador á su modo.

Pero con todos sus lunares (¿y qué época no los ha tenido?), ¿quién dudará de las grandezas de aquella civilizacion? Hasta el nivel intelectual estaba muy alto, si no por lo que toca á la exacta comprension de las leyes de la naturaleza y á las ciencias basadas en el cálculo y en la experimentacion, por lo ménos en la teología dogmática y en la filosofía, que no eran patrimonio exclusivo de gente curtida en las aulas, sino alimento cotidiano del vulgo, espectador de los Autos Sacramentales, que nutria su entendimiento y apacentaba su fantasía con aquel sublime y complicado simbolismo, con aquella cristiana armonía, con las continuas reminiscencias de sucesos y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la historia eclesiástica y profana, de la mitología y de los clásicos, con extrañas sutilezas, distinciones y silogismos, y con públicas discusiones acerca de la gracia y el libre albedrío, la predestinacion y el valor de las obras.

El arte que á tales impulsos respondia era el arte popular por excelencia, el arte dramático, antiquísimo y glorioso en España. Vémosle nacer á la sombra del templo ó en el templo mismo, y su primer vagido es una representacion devota, el Misterio de los Reyes Magos, descubierto en un códice de la Biblioteca Toledana. En toda la Edad Media continúa en auge el teatro litúrgico, y aunque escaseen los monumentos escritos, acreditan la existencia de tales representaciones los registros de los cabildos y los libros de cuentas de las catedrales, juntamente con las leyes que, al discernir las representaciones que los clérigos pueden hacer y aquellas otras de que deben abstenerse, acreditan que al lado del drama religioso comenzaba á surgir otro profano y satírico, los juegos de escarnio, de que ya se habian valido en mengua y depresion del estado eclesiástico, y como fácil vehículo para la propaganda de sus heréticas doctrinas, los Albigenses de Leon: de lo cual bien amargamente se queja el Tudense. Con los albores del Renacimiento asoma la imitacion de las formas y de los asuntos clásicos, primero en Cataluña, luégo en Castilla. Ciérrase la Edad Media con un monumento singular y admirable, en que la verdad humana, así en lo trágico y apasionado como en lo cómico y groseramente realista, se ostenta con tal vigor y crudeza y con tal variedad de tonos y con tan estupendo poder característico, que en vano fuera buscar otro mayor ejemplo ántes de Shakespeare. Pero la incomparable Celestina, espejo de lengua castellana, no influyó, en parte por su perfeccion misma, en parte por sus condiciones de obra irrepresentable, tan directamente como hubiera podido creerse, en los progresos del teatro; dado que no bastan maravillas aisladas para invertir el órden natural y graduado desarrollo de una literatura. Así es que nuestra dramática, áun despues de aquel gigantesco esfuerzo, continuó balbuciendo pastoriles coloquios en las Églogas de Juan del Encina, y sólo por intervalos alcanzó en Lúcas Fernandez (insigne en la pintura de costumbres villanescas ó en donaires de ermitaños y santeros) la enérgica inspiracion y el delicado sentimiento que abrillantan algunas escenas del Auto de la Pasion. Más variedad y riqueza hay en Gil Vicente, que alguna vez, en sus obras portuguesas, v. gr., en la Farsa de Inés Pereira, presentó verdaderos esbozos de comedia de carácter, y que ensayó además el drama novelesco con asuntos tomados de los libros de caballerías. Dieron alimento y estímulo los dramáticos italianos al extremeño Torres Naharro, verdadero padre de la comedia de capa y espada en la Himenea y en la Serafina, facilísimo dialoguista en la Tinelaria y en la Soldadesca, que sin argumento propiamente dicho, y siendo rosarios de escenas sueltas, empeñan sabrosamente la atencion: tal es el desenfado, movimiento y sal mordicante de algunos pedazos. Siguen con ménos talento las huellas de Torres Naharro, Jaime de Huete y otros muchos, á la vez que se multiplican las imitaciones de la Celestina, todas inferiores á su modelo. El teatro religioso se seculariza hasta cierto punto, y sale del templo á la plaza: sus creaciones eclipsan á las del naciente teatro profano: nada más delicado que la Representacion del encuentro de Jesus con los discípulos que iban al castillo de Emaus, compuesta por Pedro Altamirando: nada más delicado que el Auto de las Donas, el de la Oveja perdida y el de los Desposorios de Cristo. Ni valen ménos las representaciones de Sebastian de Horozco, y la Obra del Pecador de Bartolomé Aparicio. En aquella mezcla y confusion de elementos, que luégo habian de armonizarse en el genuino teatro español, unos se inclinan á la imitacion de la tragedia clásica, otros refunden comedias italianas, aderezándolas con pasos é intermedios jocosos de propia invencion y de costumbres nacionales, en cuyos arreglos fueron insignes Lope de Rueda y Juan de Timoneda: otros, los ménos, buscan con poderoso instinto naturalista una forma de tragedia moderna, áun tratando asuntos de la historia ó de la Biblia. Así llegó Micael de Carvajal, en algunos pedazos de la Tragedia Josephina, á la expresion verdadera y sencilla de los afectos, sin menoscabo de la elevacion poética. Todo se habia ensayado en esta primera época de nuestro teatro, si hemos de creer al Sr. Cañete, que la ha investigado y que la conoce como nadie. «Desde la tragedia al entremes, pasando por los diferentes matices de la comedia, moral, política, urbana; desde la ideal personificacion de vicios y virtudes hasta el retrato de figuras tocadas del más grosero realismo.» Como embrion informe del drama de Lope pueden considerarse los abigarrados é incoherentes ensayos de Juan de la Cueva y de Cristóbal de Virués, donde se mezclan en modo confuso resabios clásicos (como los que inspiran la tragedia de Ayax de Telamon y la de Elisa Dido), reminiscencias italianas, novelería desenfrenada y atisbos de comedia nacional. Más que ninguno de ellos se levantó el divino ingenio de Miguel de Cervántes en aquella su ruda Numancia, tan épica en medio de su desaliño, y tal, que retrae á la memoria la férrea poesía del viejo Esquilo en Los siete sobre Tébas.

Al fin vino Lope de Vega, precedido ó ayudado por los poetas valencianos, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica. Ingenio más lozano y fácil no le han visto los siglos; más fecundo creador de argumentos y de situaciones dramáticas, tampoco: en la pintura del amor y de los caracteres femeninos vence á todos los nuestros: cuando quiere, llega á lo trágico y á lo patético: en lo cómico sólo le excede Tirso: amenas, discretas y fáciles de leer son siempre sus comedias, cuya variedad de tonos aún asombra y maravilla más que su número. No sólo abrió el camino á todos los restantes, sino que lo probó, tanteó y recorrió en todas direcciones, dejando rastros de luz donde quiera, de tal suerte que apénas es posible descubrir en Moreto, en Calderon ó en Rojas forma, asunto, carácter, intriga ó recurso escénico que no tenga en alguna comedia de Lope su modelo, patron y fundamento. Lope lo invadió todo: la comedia italiana libre y desvergonzada; la pastoral al modo del Aminta ó de El Pastor Fido; la comedia de costumbres villanescas y populares sin falso bucolismo; la de costumbres áulicas; la de capa y espada; la de rufianes, pícaros y Celestinas; el drama histórico, el trágico, el religioso y simbólico; el mitológico; el caballeresco; el alegórico; el auto sacramental; el entremes. Con Lope ha sido injusta la fama más que con ninguno de nuestros dramáticos: pocos han tenido valor para internarse en su repertorio: á Lope le ha ahogado la inmensa balumba de sus obras. Muy de ligero se le ha declarado inferior á Calderon, sin reparar que aquel arte desordenado, hijo de la improvisacion, y en que los aciertos, con ser tantos, parecen casuales, está, por eso mismo, más exento de trabas y convenciones, y encierra un fondo de verdad humana y una generosa poesía áun no viciada ni enturbiada, sino en raras ocasiones, por el falso lirismo que ahoga, como planta parásita, las mejores concepciones de Calderon y de Rojas.

El drama español, tal como Lope le fijó y le trasmitió á sus sucesores, tiene ante todo carácter nacional y popular, y sin ir declaradamente en contra de los preceptos clásicos, prescinde de ellos, y se regula por los instintos y por el modo de sentir y de pensar del público que habia de oirle. Sus asuntos son todos los asuntos, pero vestidos y disfrazados á la castellana; su forma, la de una novela rápida y de mucho movimiento, más atenta al enredo que á los caracteres; sus fuentes de inspiracion, el sentimiento religioso, el orgullo nacional, el amor, el punto de honra; sus límites en cuanto á tiempo y lugar, ningunos; los accesorios líricos, frecuentes.

Pero ha sido error extremar las semejanzas entre nuestros dramáticos, hasta negar á cada uno sus condiciones propias y geniales. Sobre todos se levanta Tirso, el primero á toda ley de los nuestros en lo cómico, el primero tambien en la creacion de caracteres, uno de los cuales, D. Juan, logra vida tan universal y duradera como los héroes de Shakespeare, y ha dejado en el mundo más larga progenie que ninguno de ellos. Añádase á todo esto la soberana idea de El condenado por desconfiado (joya de nuestro teatro teológico), el hermosísimo carácter de Doña María de Molina en La prudencia en la mujer, crónica dramática superior á cualquiera de las de Shakespeare; los rasgos de estupenda poesía histórica y fantástica que abrillantan el Infanzon de Illescas, y finalmente aquel sinnúmero de comedias palacianas de tan hechicero y maligno discreteo, y de comedias villanescas tan primaverales y desenfadadas... ¿Quién dudará en conceder á Tirso la palma del arte entre los nuestros, y despues de él á Alarcon, maestro de la comedia terenciana, ménos pedagógico y ménos seco que Molière? Ni fuera justo relegar á tanto olvido y declarar tan de ligero autores de segundo órden á Guillen de Castro, en cuyas Mocedades del Cid revivió el poderoso aliento épico de nuestros romances; á Mira de Amescua, gran imaginador de argumentos, que otros aprovecharon luégo, eximio versificador y á veces poeta de tan enérgica inspiracion como lo acredita El esclavo del demonio (hermano menor de El Condenado), y á Luis Velez de Guevara, de quien heredó Calderon el argumento y escenas enteras de La Niña de Gomez Arias.

Tal y tan floreciente era el estado de nuestro teatro cuando Calderon vino á apoderarse de él, como en otro tiempo Lope.

III.—Autos Sacramentales.