Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria, y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un tour de force, un libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el estudio profundo de la época.
Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar de palabras: así la Fama Póstuma de Vera Tássis, como el Obelisco fúnebre de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su familia puede rastrearse en la Genealogía de la casa de Calderon, que ordenó el P. Gándara, ó en los Hijos de Madrid de Álvarez Baena; pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al personaje mismo.
Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (quem honoris causa nomino), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida, en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero. Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman, el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le dejó escrito de su mano.
Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso, vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español, logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple!
Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia de El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola. Pero que en sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su teología tan ponderada de los Autos sacramentales, tampoco excede el nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede calificarse de teología para uso de las gentes de mundo, inferior de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez.
Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma que ya entónces tenía ilustrados los teatros de España. No sólo Lope sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro, mereciendo elogios de Lope en el Laurel de Apolo, y de Montalban en el Para-Todos.
Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629 tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr. Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en el siglo XVII), vengóse Calderon en el Príncipe Constante, llamando sermones de Berbería á los suyos, de lo cual resultaron quejas y reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta.
Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una Memoria de la Biblioteca Nacional, y Molins en su libro de La sepultura de Cervántes, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis, á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del Sargento, de Rebolledo y de la Chispa.
Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion de su comedia Certámen de amor y celos, (que habia de representarse en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes, con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision, nada literaria, relativa al cange de prisioneros.
Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon, por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid, dieron norte y empleo á su portentoso númen.