A Roma, pues, Alejandro

Llegó; y yendo oculto á verle,

Recibí su bendicion,

Y de su mano clemente

Todos los órdenes sacros,

A cuya dignidad tiene

Envidia el ángel, pues solo

El hombre serlo merece.

Mandóme Alejandro pues

Que á Antioquía me partiese