No dirigimos ni una palabra mas á nuestro viajero: reconocimos en él á la mayor parte de nuestros lectores; y no pudimos menos de convencernos de cuán necesarias son en nuestra sociedad las obras destinadas á ocupar principalmente el corazon y la fantasía de los que no pueden menos de vivir atormentados por las calamidades presentes y el deseo de preparar un porvenir mas halagüeño.
RECUERDOS Y BELLEZAS
DE
ESPAÑA.
SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ.
Capitulo primero.
Primeras impresiones recibidas en Córdoba.—Ojeada general sobre su historia.
EDIABA[B] ya la noche, cuando entramos por primera vez en esa ciudad de Córdoba, á que han comunicado tanto interes la historia y la poesía. Yacía la ciudad sepultada en silencio: apenas se percibia mas que el dulce susurro del viento entre sus frescas arboledas. La luna resplandecia en lo alto del horizonte; pero no alumbraba sino los techos de sus viejos monumentos: sus estrechas y tortuosas calles estaban casi todas cercadas de tinieblas.
Sentiamos una viva inquietud. Éramos aun niños cuando la leyenda nos habia hecho ver ya con los ojos de la fantasía esa segunda Damasco, sentada bajo la sombra de sus palmeras á orillas de un caudaloso rio. Agolpábanse á la sazon en nuestra frente las ilusiones de la infancia; y temiamos verlas deshojadas por el soplo de la realidad, soplo helado y funesto que pasa sobre nuestra imaginacion como el del cierzo sobre el caliz de las flores.
No distinguimos por de pronto nada que revelase la mano de los árabes; pero debimos reconocer á poco la antigua ciudad musulmana en lo desigual de sus calles y sus casas, en lo mezquino de sus portales, en la sencillez de sus fachadas. Vimos á trechos asomar por encima de estos, árboles frondosos que subian al parecer desde el fondo de los patios: recordamos que los orientales guardan para el interior la belleza que otros pueblos se complacen en desarrollar en el esterior de sus edificios; y no pudimos menos de concebir la esperanza de descubrir todavía, aunque desfigurada y rota, una ciudad morisca.