CAP. XIX.—De cómo los reyes del Cuzco mandaban que se tuviese cuenta en cada año con todas las personas que morian y nacian en todo su reino, y cómo todos trabajaban y ninguno podia ser pobre con los depósitos.

Para muchos efectos concuerdan los orejones que en el Cuzco me dieron la relacion, que antiguamente, en tiempo de los reyes Incas, se mandaba por todos los pueblos y provincias del Perú, que los señores principales y sus delegados supiesen cada año los hombres y mugeres que habian sido muertos, y todos los que habian nacido; porque así para la paga de los tributos, como para saber la gente que habia para la guerra y la que podia quedar por defensa del pueblo, convenia que se tuviese ésta; la cual fácilmente podian saber, porque cada provincia, en fin del año, mandaba asentar en los quipos por la cuenta de sus nudos todos los hombres que habian muerto en ella en aquel año, y por el [con] siguiente los que habian nacido. Y por principio del año que entraba, venian con los quipos al Cuzco, por donde se entendia, así los que en aquel año habian nacido, como los que faltaban por ser muertos. Y en esto habia gran verdad y certidumbre, sin en nada haber fraude ni engaños. Y entendido esto, sabian el Señor y los gobernadores los indios que destos eran pobres y las mugeres que eran viudas, y si bien podian pagar los tributos, y cuánta gente podia salir para la guerra; y otras muchas cosas que para entre ellos se tenian por muy importantes.

Y como sea este reino tan largo, como en muchos lugares de esta escriptura tengo dicho, y en cada provincia principal habia número grande de depósitos llenos de mantenimientos y de otras cosas necesarias y provechosas para el provehimiento de los hombres; si habia guerra, gastábase, por donde quiera que iban los reales, de lo questaba en estos aposentos, sin tocar en lo que los confederados suyos tenian, ni allegar á cosa ninguna que en sus pueblos hobiese; y si no habia guerra, toda la multitud de mantenimientos que habia, se repartia por los pobres y por las viudas. Estos pobres habian de ser los que eran viejos demasiadamente, los que eran cojos, mancos ó tollidos, ó toviesen otras enfermedades; porque si estaban sanos, ninguna cosa les mandaban dar. Y luego eran tornados á hinchir los depósitos con los tributos que eran obligados á dar; y si por caso venia algun año de mucha esterilidad, mandaban así mesmo abrir los depósitos y prestar á las provincias los mantenimientos necesarios; y luego, en el año que hobiese hartura, lo daban y volvian por su cuenta y medida cierta. Aunque los tributos que á los Incas se daban no sirvieran para otras cosas que para las dichas, era bien empleado, pues tenian su reino tan harto y bien proveido.

No consentian que ninguno fuese haragan y anduviese hurtando el trabajo de otros, sino á todos mandaban trabajar. Y así, cada señor, en algunos dias, iba á su chácara y tomaba el arado en las manos y aderezaba la tierra, trabajando en otras cosas. Y aún los mismos Incas lo hacian, puesto que era por dar buen ejemplo de sí; porque se habia de tener por entendido, que no habia de haber ninguno tan rico que por serlo quisiese baldonar y afrentar al pobre; y con su órden no habia ninguno que lo fuese en toda su tierra, porque, teniendo salud, trabajaba y no le faltaba, y estando sin ella, de sus depósitos le proveian de lo necesario. Ni ningun rico podia traer más arreo ni ornamento de los pobres, ni diferenciar el vestido y traje, salvo á los señores y curacas, que estos, por la dignidad suya, podian usar de grandes franquezas y libertades, y lo mesmo los orejones, que entre todas las naciones eran jubilados.

CAP. XX.—De cómo habia gobernadores puestos en las provincias, y de la manera que tenian los reyes, cuando salian á visitarlas, y cómo tenian por armas unas culebras ondadas con unos bastones.

Por muy cierto se averigua de los reyes deste reino, en el tiempo de su señorio y reinado tuvieron en todas las cabeceras de las provincias,—como eran Vilcas, Xauxa, Bombon, Caxamalca, Guancabamba, Tomebamba, Latacunga[61], Quito, Carangui; y por la otra parte del Cuzco, hácia el Mediodia, Hatuncana, Hatuncolla, Ayavire, Chuquiabo, Chucuito, Paria, y otros que van hasta Chile,—sus delegados; porque en estos lugares habia mayores aposentos y mas primos que en otros muchos pueblos deste gran reino, y muchos depósitos; y eran como cabezas de provincias ó de comarcas, porque de tantas á tantas leguas venian los tributos á una destas cabeceras, y de tantas á tantas, iba á otra; habiendo en esto tanta cuenta, que ningun pueblo dejaba de tener conocido á donde habia de acudir. Y en todas estas cabeceras tenian los reyes templos del sol y casa de fundicion y muchos plateros, que no entendian en todo el tiempo en más que en labrar ricas piezas de oro, ó grandes vasijas de plata; y habia mucha gente de guarnicion, y, como dije, mayordomo mayor ó delegado que estaba sobre todos, y á quien venia la cuenta de lo que entraba, y el que era obligado á la dar de lo que salia. Y estos tales gobernadores no podian entremeterse en mandar en la jurisdiccion agena y que tenia á cargo otro como él; mas en donde él estaba, si habia algun escándalo y alboroto, tenia poder para castigarlo, y más si era cosa de conjuracion ó de levantarse algun tirano, ó de querer negar la obidiencia al rey; porque es cierto que toda la fuerza estaba en estos gobernadores. Y si los Incas no cayeran en ponerlos y en que hubiese los mitimaes, muchas veces se levantaran los naturales y esimieran de sí el mando real; pero con tantas gentes de guerra y tanto proveimiento de mantenimientos, no podian, si entre todos, los unos y los otros, no hobiese trama de traicion ó levantamiento; lo cual habia pocas veces, porque estos gobernadores que se ponian, eran de gran confianza, y todos orejones y que los más dellos tenian sus chácaras, que son heredades, en la comarca del Cuzco, y sus casas y parientes; y si alguno no salia bastante para gobernar lo que tenia á cargo, luego le era quitado el mando y puesto otro en su lugar.

Y estos, si en algunos tiempos venian al Cuzco á negocios privados ó particulares con los reyes, dejaban en sus lugares tenientes, no á los que ellos querian, sino á los que sabian que harian[62] con más fidelidad lo que les quedaba mandado, y más á servicio de los Incas. Y si alguno destos gobernadores ó delegados moria en su presidencia, los naturales, cómo y de qué habia muerto con mucha presteza enviaban la razon ó probanza dello al Señor, y aun los cuerpos de los muertos llevaban por el camino de las postas, si vian que convenia. Lo que tributaba cada término destas cabeceras y contribuian los naturales, así oro, como plata, y ropa y armas, con todo lo demás que ellos daban, lo entregaban por cuenta á los camayos que tenian los quipos, los cuales hacian en todo lo que por este les era mandado en lo tocante á despender estas cosas con la gente de guerra, ó repartillo con quien el Señor mandaba, ó de llevallo al Cuzco; pero cuando de la ciudad del Cuzco venian á tomar la cuenta, ó á que la fuesen á dar al Cuzco, los mesmos contadores con los quipos la daban ó venian á la dar á donde no podia haber fraude, sino todo habia de estar cabal. Y pocos años se pasaban sin dar cuenta y razon de todas estas cosas.

Tenian gran autoridad estos gobernadores y poder bastante para formar ejércitos y juntar gente de guerra, si súpitamente se recresciese alguna turbacion ó levantamiento, ó que viniese alguna gente extraña por alguna parte á dar guerra; y eran delante del Señor honrados y favorecidos; y desto se quedaron, cuando entraron los españoles, muchos dellos con mando perpétuo en provincias. Yo conozco algunos dellos y estar ya tan aposesionados, que sus hijos heredan lo que era de otros.

Cuando en tiempo de paz salian los Incas á visitar su reino, cuentan que iban por él con gran magestad, sentados en ricas andas, armadas sobre unos palos lisos, largos, de maderas excelentes, engastonadas en oro y en argentería; y de las andas salian dos arcos altos, hechos de oro, engastonados en piedras preciosas, y caian unas mantas algo largas por todas las andas, de tal manera, que las cubrian todas; y si no era queriendo el que iba dentro, no podia ser visto, ni alzaban las mantas sino era cuando entraba y salia; tanta era su estimacion. Y para que le entrase aire y él pudiese ver el camino, habia en las mantas hechos algunos agujeros. Por todas partes destas andas habia riqueza, y en algunas estaban esculpidos el sol y la luna, y en otras unas culebras grandes ondadas, y unos como bastones que las atravesaban;—esto traian por insinia[63], por armas;—y estas andas las llevaban en hombros de señores los mayores y más principales del reino, y aquel que más con ellas andaba, aquel se tenia por más honrado y por más favorecido.

En redor de las andas y á la hila iba la guarda del rey con los archeros y alabarderos, y delante iban cinco mill honderos, y detrás venian otros tantos lanceros, con sus capitanes, y por los lados del camino y por el mesmo camino, iban corredores fieles descubriendo lo que habia y avisando la ida del Señor; y acudia tanta gente por lo ver, que parecia que todos los cerros y laderas estaban llenos della; y todos le daban sus bendiciones alzando alaridos y grita grande á su usanza; llamándoles "Ancha hatun apu, intipchuri, canqui zapallaapu tucuy pacha ccampa uyay sullull[64]"; que en nuestra lengua dirá: "Muy grande y poderoso Señor, hijo del sol, tú sólo eres Señor, todo el mundo te oya en verdad." Y sin esto le decian otras cosas más alto; tanto, que poco faltaba para le adorar por Dios.