que cuando empuño la tajante espada,

ni nadie supo resistir, ni nada

logró borrar la máxima sagrada

que hice grabar en su hoja de Toledo.

«Viva mi dueño», dice como un grito.

«Viva su madre», añádese en el puño;

y yo ambos gritos con valor repito,

que está para cumplir lo en ella escrito

el brazo de granito de don Nuño.

¡Presto!... ¡Fuera el embozo!... ¡Presto fuera!