—Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?—le preguntó el otro.

—Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

—Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?

Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.

—¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos—dijo Rafael.

¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.

—Caballero, caballero, una palabra—dije al verlos salir.

El joven se detuvo y me miró.

—¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?—pregunté con mucho afán.

Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros diciendo: