Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le contesté:

—Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros. Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.

No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a los otros dos y dijo:

—¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.

—¿Cómo?—exclamé yo repentinamente.—¿Conque fué de un tiro? ¿No murió de una puñalada?

Los tres se miraron con sorpresa.

—De un tiro, sí, señor—dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.

—Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión—dije, interesándome más cada vez en aquel asunto.—Cuente usted, ¿y cómo fué?

—¿Y a usted qué le importa?—dijo el otro, con muy avinagrado gesto.