Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer:

Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir don Mateo. ¡Desdichada mujer!

—¡Qué horror! Ya me lo he figurado también—contestó su consorte. De tales cafres ¿qué se podía esperar?

—Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:

—Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta.

—¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?—dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.

—Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fué indigestión.

—Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?

—Lo sé, lo sé—repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.