Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso paseando al nene para callarlo.
—Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala suerte con el ama, me parece.
—Como no vuelva a las andadas.
—De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un bausán de marca mayor a quien ya aborrece...
—No se fíe usted..., no se fíe usted...
—Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una pobrecilla...
—Hasta que vuelva a tener ocasión.
—¡Digo que lo evitaré!
—Pues como ella quiera...
—¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad, la verdad es que...