Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido darle pan.

—Hace poco tiempo que hemos comido.

—Hace mucho—dijo el niño con despecho.

—Bueno, ya te lo daré yo.

Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una manecita.

—¡Pues es cierto!—exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero rasguño.—¡Dolores! ¡Dolores!—gritó después.

Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole perdón de haber sido causa de su disgusto.

—Bueno—dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.—Ahora nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres, Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le dijo con encantadora sonrisa: