La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella, Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
—¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa. ¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo, hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el brazo para acudir a su llamamiento.
No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.
El Rey Burgués.
(RUBÉN DARÍO)
EL REY BURGUES