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«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia, fuése con los cavadores a su majuelo, a matar el tiempo hasta que el estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:

—Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.

—¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!

Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los palomos cogen pajitas para hacer el nido.

—A ver yo...

¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón. Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de risa.

—Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos remojones de sudor.

—¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro...

Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento: