¡Qué vida la de Etchepare! Sin ambición, contemplativo, enamorado de la Naturaleza, había pasado allí una existencia tranquila y feliz.
Quizá todavía quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor; quizá sentía la voz querida en el murmullo del viento, y la figura amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.
Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la costa. No tenía relaciones sociales. Sus amigos eran los árboles, las rosas, una nube que sonreía en el cielo, un faro que guiñaba a lo lejos su roja pupila...
La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le contó a Aviraneta los últimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de la República había muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama, venida de París, estuvo acompañándole los últimos días.
Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al último ella transigió. La mujer de Beguibelchenea solía ver a los dos hablando constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del árbol rojo.
El otoño había sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los otoños vascos. Al caer las hojas, suavemente, había partido el viejo solitario para su último viaje.
Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el médico y un guarda, que fué soldado en tiempo de la Revolución, se presentaron en la casa.
Al día siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desaparecía.
Aviraneta salió de Iturbide, y después, a la caída de la tarde, entró en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su tío.
El tiempo estaba espléndido. En el cielo azul brillaban grandes y espléndidas nubes rojas.