—Y más cosas podría contar donde ha intervenido ese bandido; ese Aviraneta que Dios confunda—dijo el hombre de la zamarra.
—Hay que acabar con él—exclamó Estúñiga, dando un puñetazo en la mesa.
Es lo que yo pretendo—repuso el hombre de la zamarra—. Voy siguiéndole los pasos, y ha de caer. Tarde o temprano ha de caer.
—Tú nos ayudarás, Leguía, ¿eh?—dijo Estúñiga.
—¿Yo? Yo, no. Yo no soy carlista. Allá vosotros.
Y Pello se levantó decidido de la mesa.
—Entonces, si no es de los nuestros, ¿para qué ha venido?—preguntó el hombre de la zamarra.
El Caracolero, que estaba al lado de Leguía, le agarró por el brazo. Pello intentó desasirse; pero como el otro le oprimía con fuerza, le cogió por el cuello, le zarandeó con furia y le tiró contra la pared.
Estúñiga y el Raposo se levantaron a impedirle la salida: el Raposo, armado de una navaja; Pello, que había visto que tras él había una puerta entreabierta, cogió el candil y lo tiró contra los que le atacaban, dejando el figón a obscuras.