—Ya lo veo. ¿Dónde ha aprendido usted el oficio de cochero?
—¿Por qué lo dice usted?
—¡Por qué lo voy a decir! Porque dirige usted muy bien.
—¡Qué vamos a hacer, Dios mío!—exclamó la vieja.
—Nos quedaremos aquí—contestó la muchacha.
—¡Parece mentira que digas esas tonterías, Corito! Parece mentira—replicó la vieja, con voz agria.
—¡Y qué le vamos a hacer! Yo no tengo la culpa.
—¿Qué pueblo es éste?—preguntó el joven al cochero, que se había sentado en un montón de piedras del camino, y parecía más dispuesto a dormirse que a otra cosa.
—¿Este pueblo?