—Razones.

—Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.

—Por ellos y por los generales, que se odian—replicó Aviraneta—. Hace unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca, sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.

—Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?—preguntó Zurbano—. ¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de ranas.

—Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.

—Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.

—Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.

—Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.

—No, Martín—contestó Aviraneta—; no estoy conforme. España no necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la nación, nunca la cabeza.

AVIRANETA HABLA DE SÍ MISMO