Al poco rato se oyó una descarga; poco después un tiro suelto, y luego, otro.

—Ya lo han rematado—dijo un soldado viejo a Leguía.

—En fin, un enemigo menos—murmuró Aviraneta.

Aviraneta y Leguía montaron en la silla de postas y cruzaron por entre los soldados de Zurbano.

—¿Habrá usted presenciado muchas escenas de éstas, eh, don Eugenio?—preguntó Leguía.

—¡Figúrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contaré algunos episodios de mi vida.

—¿Aburrirme? ¡Nada de eso! Le escucharé a usted con mucho gusto.

La silla de postas marchó a tomar la carretera de Haro, y de allí siguió en dirección a Miranda de Ebro.

LIBRO SEXTO
LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR