El buen matemático, hombre ingenuo, antes de la declaración de los testigos de cargo, confesó haber dudado algunas veces de la existencia de Dios y del alma, aunque aseguró que no llegó tampoco a considerar como definitivo el ateísmo materialista.

Los inquisidores, viéndole reconocer tan fácilmente sus herejías, le trataron con cariño y le sacaron todo el dinero posible.

Por esta época, también un señor, don Felipe Samaniego, se delató a la Inquisición como lector de Voltaire, de Rousseau y de Hobbes, y de paso comprometió al duque de Almodóvar, a Campomanes, a Floridablanca, a Lacy, al general Ricardos y a otros hombres notables que eran partidarios de las tendencias reformistas.

La misma condesa del Montijo, en cuya casa se reunían personas distinguidas aficionadas a la lectura, fué desterrada por el rey a Logroño, acusada por los frailes de jansenista y de tener correspondencia con el abate Gregoire.

En el Palacio Real, los curas, que habían perdido mucha influencia desde el tiempo del conde de Aranda, la recobraron íntegra. El padre Eleta, confesor de Carlos IV, que era un fanático, embrutecía a su real penitente; mientras, el padre Múzquiz, un cura cínico, favorito de Godoy y confesor de María Luisa, convertía el confesonario en un cómodo lugar de tercería.

Los cortesanos, que veían que este padre ponía la religión al servicio de la reina y de su majo, le llamaban el traidor Don Opas, y el bueno de Carlos IV decía que el confesor de su mujer tenía conciencia de jareta.

LA INQUISICIÓN Y LOS ILUMINADOS

Con la gente pobre, el Tribunal de la Fe luchaba también a brazo partido, no porque la plebe sintiese inclinaciones por la filosofía y el enciclopedismo, sino porque había en España por entonces una epidemia de santos y de iluminados que a Dios le ardía el pelo.

Uno de los casos más célebres ocurrió en Cuenca con una mujer llamada María Herráiz. Afirmaba María que su carne se había convertido en la carne de Jesucristo.

Algunos frailes y clérigos lo creyeron; el pueblo fanático comenzó a rendir culto a la beata María, y la Inquisición metió a todos los complicados en el milagro en la cárcel. La beata murió en prisión y fué quemada en efigie; a su criada la impusieron diez años de reclusión en una casa de recogidas, y a los aldeanos embaucados se les condenó a cadena perpetua y a doscientos azotes previos.