Varios jóvenes montaron a caballo, y con una vara larga se ejercitaron en derribar reses bravas.
Emparanza, que montaba muy bien, se lució en este ejercicio, y me miró a mí varias veces burlonamente.
Luego, uno de los jóvenes se acercó a un novillo y le dió dos o tres quiebros. Yo no quise quedar mal, y por más que Ignacio me tiró varias veces de la casaca para disuadirme, me planté delante de un torete, que quizá por misericordia no me hizo nada.
LA MALA FE DE EMPARANZA
Los circunstantes y Consuelo Arteaga admiraron mi valor. Yo había cumplido, estaba tranquilo; pero todavía me quedaba otra prueba. José Antonio Emparanza se empeñó en decir que tenía miedo a los caballos, y para demostrar lo contrario me monté en uno y pude galopar sobre él sin caerme. Volvía ya satisfecho de los éxitos de aquel día, cuando Emparanza, pasando a mi lado, le dió a mi caballo un latigazo. El caballo botó y me tiró al suelo. Me levanté rápidamente; no me había hecho daño.
Presa de una cólera terrible, no dije nada; dejé el caballo en manos de un palafrenero y me reuní a los expedicionarios.
Estábamos esperando a montar en el coche cuando se me acercó Emparanza, sonriendo:
—Por fin caíste—me dijo.
—Sí—y levantando la mano le pegué una bofetada que lo volví loco.
Se armó un escándalo formidable, y tuvimos que volver a Madrid en distintos grupos. Cuando se supo la causa de mi cólera casi todos se pusieron a mi favor.