—¿Qué sabe usted de él?
—Vendió y traicionó a un hombre que fué su protector y su amigo.
—Es feo delito.
—Pues él no tuvo inconveniente en cometerlo.
—¡Cuente usted! Con una persona que se presenta como amigo y correligionario hay que saber hasta qué punto hay que llevar la desconfianza.
GUZMÁN
Etchepare se pasó la mano por la frente y murmuró:
—Es un recuerdo que me molesta... pero, en fin... lo contaré. Sabrás que soy militar retirado; he servido en el arma de Caballería hasta el golpe de Estado de Bonaparte. Yo me creía con derecho a matar al enemigo de mi patria; me creía con derecho para pelear por su libertad; cuando se trató de atacar la patria de los demás para la gloria de un hombre solo, dije no, y tiré la espada y pedí el retiro. No he sido nunca aficionado a los gritos y a las alharacas, y hasta las manifestaciones naturales de alegría me han molestado.
Cuando la célebre batalla de Valmy era yo sargento. El triunfo de las tropas republicanas había producido un entusiasmo en aquellos soldados muy natural y lógico. La noche después de la victoria, los cantos, los gritos, los vivas se repetían a cada momento. Estaba yo delante de la tienda de campaña, contemplando una hoguera que se consumía ante mis ojos, cuando acertó a pasar un oficial.
—¿Filosofas, ciudadano sargento?—me dijo.