—Es lo único que tenemos—repuso Corito.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!
El joven Leguía alargó al pastor un trozo de pan y queso, que comió, y luego la bota de vino.
—¿No tiene usted miedo del ganado con estas cosas de la guerra?—dijo Corito.
—Sí; por eso ando aquí, oxeando las ovejas, porque me han dicho que va a venir por estos contornos la tropa de Zurbano.
—¿Le quitarán a usted muchas ovejas?
—¡Ah, claro, si pueden!
—¿Los carlistas, o los liberales?—preguntó Leguía.
—Los dos. Unos y otros tienen hambre. ¡A ver, qué vida! Este oficio es muy emportuno, ya se sabe; pero emportuno y todo más vale cuidar del ganado que andar matando gente por ahí.
—Pero los que matan prosperan y tienen galones y sueldos—observó Leguía—, y usted no prosperará.