—Sabes que Leguía Zarra ha dejado muchos papeles al morir.

—No sabía nada.

—Pues entre estos papeles están las Memorias de nuestro pariente Eugenio de Aviraneta. Pídeselas a la Joshepa Iñashi, la Cerora, que se ha quedado con las llaves de la casa, y te las dará, porque sabe dónde están.

—Bueno; ya se las pediré—repuse yo, con la indiferencia de un hombre a quien no preocupa la Historia.

—Debías ver esos papeles—siguió diciendo mi tía—, y hasta publicarlos.

—Yo no soy editor.

—¿Qué importa? Publica las Memorias como si las hubieras encontrado o como si las hubieras escrito tú. Leguía no se ha de quejar.

—¡Ah! ¡Claro! Por ahora, al menos, en la vida real no hay la costumbre de quejarse desde la tumba, y creo que Leguía no será una excepción a la regla.

—Pues yo no tendría escrúpulo ninguno.

—Tú, no; pero yo, sí. Cada cual tiene sus incompatibilidades. Tú no irías ahora por la calle con una flor en el pelo, y, sin embargo, yo la llevaría sin ninguna molestia.