Este capitán, joven andaluz, fué durante algún tiempo el niño mimado de la tertulia de las Piscinas. Se le llamaba Herrerita.
Herrerita cantaba al piano las últimas canciones; Herrerita inventaba juegos de prendas; Herrerita era chistoso, ocurrente, amable. Todo el mundo le consideraba como una alhaja, y Graciosa sentía una gran inclinación por él. Unicamente le reprochaba en el fondo de su corazón el no tener un aire siniestro. Con su bigotillo rubio y su ceceo andaluz, no encajaba en el marco de los héroes de Arlincourt ni de Ana Radcliff.
De pronto, y sin motivo, Herrerita dejó de aparecer en casa de las Piscinas; pasó un día y otro y se supo con gran escándalo que se había presentado en la tertulia liberal de las de Echaluce, donde era obsequiadísimo.
El asombro, la estupefacción de las Piscinas y de sus amigos fué enorme. ¿Qué idea tenía aquel hombre de las categorías sociales? ¿Qué concepto de la sociedad y del mundo?
Se comprendía que hubiera ido a casa de Salazar. ¡Pero a la tienda de Echaluce! ¡Qué vulgaridad la de aquel capitán!
Los contertulios de las Piscinas, en tácito y común acuerdo, decidieron no volver a saludar ya más al traidor, infligirle este severo castigo; pero vieron con asombro que a aquel inconsciente militar no le preocupaba gran cosa la falta de saludo, y que seguía en su inconsciencia tan alegre y tan sonriente.
EL LICEO
Era difícil en un pueblo tan pequeño como Laguardia, en donde todo el mundo se conocía y encontraba varias veces en la calle, hacerse el desentendido; sin embargo, la gente sabía fingir el desconocimiento perfectamente; llevaba sus divisiones a punta de lanza.
Había entonces en una casa grande y antigua un teatro que se llamaba el Liceo. Allí se representaban comedias en un acto, en las que tomaban parte las señoritas y caballeros más distinguidos de la localidad.