Todos estos diversos centros de Laguardia se espiaban, se entendían, conspiraban, y desde la alta y aristocrática tertulia de las Piscinas hasta el obscuro y sucio figón del Calavera, y desde la prepotente camarilla de Salazar hasta el tenebroso club del café de Poli, había una cadena de confidencias, de delaciones, de complicidades.

IV.
LAS MUJERES POLÍTICAS

Había, además, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinión, gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos merodeadores sueltos eran los más intolerantes. Entre los carlistas se distinguían el Chato de Viñaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.

La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a muerte: Dolores Payueta y Saturnina Treviño.

Las dos tenían apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la Saturnina, la Gitana.

Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografía de carácter chabacano; propalaban noticias falsas, traían canciones, inventaban frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los liberales. Para ellas la cuestión no salía de Laguardia; el liberalismo o el tradicionalismo del resto de España las tenía casi sin cuidado.

Estas dos arpías representaban la parte turbia que hay en todas las sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo principal; un odio frenético, sin cuartel. Cuando estas mujeres se encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su desprecio; volvían la cabeza, escupían al suelo. Se hubieran lanzado una contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran tenido buena dentadura.

Dolores era de posición regular, y se trataba con la gente acomodada del pueblo. Era fea, antipática, marisabidilla, con una voz de falsete que parecía que tenía que salir por detrás de una careta; vestía con trajes claros y ridículos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando reñía, que solía ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera. Vivía con tres o cuatro perros, y de aquí debía proceder el apodo de Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.

Dolores tenía una adoración especial por el Ejército; los militares le parecían una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia le hacía sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que intentaba interrumpir el orden y la armonía de una cosa tan bella como la tropa.