Unos días después nombraban a Hurtado médico titular de Alcolea del Campo.
Era éste un pueblo del centro de España, colocado en esa zona intermedia donde acaba Castilla y comienza Andalucía. Era villa de importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y seguir a Alcolea en coche.
En seguida de recibir el nombramiento, Andrés hizo su equipaje y se dirigió a la estación del Mediodía. La tarde era de verano, pesada, sofocante, de aire seco y lleno de polvo.
A pesar de que el viaje lo hacía de noche, Andrés supuso que seria demasiado molesto ir en tercera, y tomó un billete de primera clase.
Entró en el andén, se acercó a los vagones, y en uno que tenía el cartel de no fumadores, se dispuso a subir.
Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz melosa y acento americano:
—Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.
Andrés no hizo el menor caso de la advertencia, y se acomodó en un rincón.
Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.