Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el silencio; en los balcones centrales encima del portón, pintado de azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresión de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento; por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande, desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.
III
PRIMERAS DIFICULTADES
Andrés Hurtado habló largamente con el doctor Sánchez, de las obligaciones del cargo. Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos secciones, separadas por la calle Ancha.
Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y al siguiente la izquierda. Así conseguirían no tener que recorrer los dos todo el pueblo.
El doctor Sánchez recabó como condición indispensable, el que si alguna familia de la sección visitada por Andrés quería que la visitara él o al contrario, se haría según los deseos del enfermo.
Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener nadie predilección por llamarle a él: pero no le importaba.
Comenzó a hacer la visita. Generalmente el número de enfermos que le correspondían no pasaba de seis o siete.
Andrés hacía las visitas por la mañana; después, en general, por la tarde no tenía necesidad de salir de casa.