—¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!

—¡Qué estúpidas discusiones!—decía Margarita con un mohín de desprecio, dirigiéndose a su hermano Andrés—. ¡Como si por lo que vosotros habléis se fueran a resolver las cosas!

A medida que Andrés se hacía hombre, la hostilidad entre él y su padre aumentaba. El hijo no le pedía nunca dinero; quería considerar a don Pedro como a un extraño.

V
EL RINCÓN DE ANDRÉS

La casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad de un marqués, a quien don Pedro había conocido en el colegio.

Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con entusiasmo del marqués y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía de una absoluta bajeza.

La familia de Hurtado estaba bien relacionada; don Pedro, a pesar de sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilísimo con los de fuera y sabía sostener las amistades útiles.

Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy complaciente con ella. Guardaba a los vecinos muchas atenciones, menos a los de las guardillas, a quienes odiaba.

En su teoría del dinero equivalente a mérito, llevada a la práctica, desheredado tenía que ser sinónimo de miserable.