—No creo que esto haya acabado—dijo Andrés a la madre—; se reproducirá, probablemente.
—¿Qué cree usted que debíamos hacer?—preguntó ella humildemente.
—Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar con un especialista.
Hurtado se despidió de la madre y de la hija. El molinero montó en el pescante del coche para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba a sonreir en el cielo; el sol brillaba en los viñedos y en los olivares; las parejas de mulas iban a la labranza, y los campesinos, de negro, montados en las ancas de los borricos, les seguían. Grandes bandadas de cuervos pasaban por el aire.
El molinero fué sin hablar en todo el camino; en su alma luchaban el orgullo y el agradecimiento; quizá esperaba que Andrés le dirigiera la palabra; pero éste no despegó los labios. Al llegar a casa bajó del coche, y murmuró:
—Buenos días.
—¡Adiós!
Y los dos hombres se despidieron como dos enemigos.
Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés, más apático y más triste que nunca.