El no decía que los éxitos se debían a la casualidad; hubiera sido absurdo; pero tampoco los lucía como resultado de su ciencia. Había cosas grotescas en la práctica diaria; un enfermo que tomaba un poco de jarabe simple, y se encontraba curado de una enfermedad crónica del estómago; otro, que con el mismo jarabe decía que se ponía a la muerte.
Andrés estaba convencido de que en la mayoría de los casos una terapéutica muy activa no podía ser beneficiosa más que en manos de un buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable, además de facultades especiales, una gran práctica. Convencido de esto, se dedicaba al método expectante. Daba mucha agua con jarabe. Ya le había dicho confidencialmente al boticario:
—Usted cobre como si fuera quinina.
Este escepticismo en sus conocimientos y en su profesión le daba prestigio.
A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos higiénicos, pero nadie le hacía caso.
Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un viejo artrítico, que se pasaba la vida leyendo folletines. Andrés le aconsejaba que no comiera carne y que anduviera.
—Pero si me muero de debilidad, doctor—decía él—. No como más que un pedacito de carne, una copa de Jerez y una taza de café.
—Todo eso es malísimo—decía Andrés.
Este demagogo, que negaba la utilidad de comer carne, indignaba a la gente acomodada... y a los carniceros.
Hay una frase de un escritor francés que quiere ser trágica y es enormemente cómica. Es así: Desde hace treinta años no se siente placer en ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde que ha venido este médico, no se siente placer en ser rico.