Algunas veces pensaba que esta actitud no era lógica. ¡Un hombre que quería ser de ciencia y se incomodaba porque las cosas no eran como él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí era seca; no había árboles, el clima era duro, la gente tenía que ser dura también.
La mujer del secretario del Ayuntamiento y presidenta de la Sociedad del Perpetuo Socorro, le dijo un día:
—Usted, Hurtado, quiere demostrar que se puede no tener religión y ser más bueno que los religiosos.
—¿Más bueno, señora?—replicó Andrés—. Realmente, eso no es difícil.
Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado estaba mejor; la comida escasa y sólo vegetal, el baño, el ejercicio al aire libre le iban haciendo un hombre sin nervios. Ahora se sentía como divinizado por su ascetismo, libre; comenzaba a vislumbrar ese estado de ataraxia, cantado por los epicúreos y los pirronianos.
Ya no experimentaba cólera por las cosas ni por las personas.
Le hubiera gustado comunicar a alguien sus impresiones y pensó en escribir a Iturrioz; pero luego creyó que su situación espiritual era más fuerte siendo él solo el único testigo de su victoria.
Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos, hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto. Aquellos olivos viejos, centenarios, retorcidos, parecían enfermos atacados por el tétanos; entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con bardales de cambroneras, y en el vértice de la colina había un molino de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés le dejaba siempre sobrecogido.
Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la aurora llena de resplandores.