Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin ningún asombro por su parte, en la última, en el examen de Química. No quiso confesar en casa el pequeño tropiezo e inventó que no se había presentado.
—¡Valiente primo!—le dijo su hermano Alejandro.
Andrés decidió estudiar con energía durante el verano. Allí, en su celda, se encontraría muy bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se olvidó de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana con un anteojo la gente que salía en las casas de la vecindad.
Por la mañana dos muchachitas aparecían en unos balcones lejanos. Cuando se levantaba Andrés ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban y se ponían cintas en el pelo.
No se les veía bien la cara, porque el anteojo, además de ser de poco alcance, no era acromático y daba una gran irisación a todos los objetos.
Un chico que vivía enfrente de estas muchachas solía echarlas un rayo de sol con un espejito. Ellas le reñían y amenazaban, hasta que, cansadas, se sentaban a coser en el balcón.
En una guardilla próxima había una vecina que, al levantarse, se pintaba la cara. Sin duda no sospechaba que pudieran mirarle y realizaba su operación de un modo concienzudo. Debía de hacer una verdadera obra de arte; parecía un ebanista barnizando un mueble.
Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no se enteraba de nada. Al comenzar a repasar vió que, excepto las primeras lecciones de Química, de todo lo demás apenas podía contestar.
Pensó en buscar alguna recomendación; no quería decirle nada a su padre, y fué a casa de su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba. Iturrioz le preguntó: