Sánchez estaba en la actitud popular; todo el mundo creía culpable al tío Garrota, y algunos llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había que castigarlo, porque era un desalmado capaz de cualquier fechoría.
El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una porción de pruebas; se estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían con los dedos del prendero; se hizo que un empleado de la cárcel, amigo suyo, le emborrachara y le sonsacara. El tío Garrota confesó su participación en las muertes del Pollo y del Cañamero; pero afirmó repetidas veces, entre furiosos juramentos, que no y que no. No tenía nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por decir que no y le salvaran por decir que sí, diría que no, porque esa era la verdad.
El juez, después de repetidos interrogatorios, comprendió la inocencia del prendero y lo dejó en libertad.
El pueblo se consideró defraudado. Por indicios, por instinto, la gente adquirió la convicción de que el tío Garrota, aunque capaz de matar a su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer la probidad de Andrés y del juez. El periódico de la capital que defendía a los Mochuelos, escribió un artículo con el título «¿Crimen o suicidio?», en el que suponía que la mujer del tío Garrota se había suicidado; en cambio, otro periódico de la capital, defensor de los Ratones, aseguró que se trataba de un crimen y que las influencias políticas habían salvado al prendero.
—Habrá que ver lo que habrán cobrado el médico y el juez—decía la gente.
A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.
—Ese hombre iba con lealtad.
—Pero no era cierto lo que decía—replicaba alguno.
—Sí; pero él iba con honradez.
Y no había manera de convencer a la mayoría de otra cosa.