—Voy a terminar en un momento.

—Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos a usted como de la familia.

—¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en el pueblo.

—No lo dirá usted por nosotros.

—No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo digo por usted. Si siento dejar el pueblo es, más que nada, por usted.

—¡Bah! Don Andrés.

—Créalo usted o no lo crea, tengo una gran opinión de usted. Me parece usted una mujer muy buena, muy inteligente...

—¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a confundir!—dijo ella riendo.

—Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea. Eso no quita para que sea verdad. Lo malo que tiene usted...

—Vamos a ver lo malo...—replicó ella con seriedad fingida.