—Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés—replicó Dorotea con voz ahogada.
—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos solos, nadie habría de saber que usted había sido mía. Esta noche para usted y para mí sería una noche excepcional, extraña...
—Sí ¿y el remordimiento?
—¿Remordimiento?
Andrés, con lucidez, comprendió que no debía discutir este punto.
—Hace un momento no creía que le iba a usted a decir esto. ¿Por qué se lo digo? No sé. Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.
Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la cama, pálido y tembloroso.
—¿Se pone usted malo?—murmuró Dorotea con voz ronca.
—No; no es nada.