Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.

—Debía usted dejar ese destino—le decía.

—Sí; al fin lo tendré que dejar.

VIII
LA MUERTE DE VILLASÚS

Con pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por influencia de Julio Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad para la asistencia facultativa de gente pobre.

No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones éticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible; había que hacer treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad: que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.

Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de la esclavitud.