Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta de San Bernardo se despedían estrechándose la mano.

Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran para Andrés de disgusto y de molestia...

Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un niño en brazos, se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un enfermo.

Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos. De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.

—¿Qué tiene este hombre?—preguntó Andrés a la mujer.

—Está ciego y ahora parece que se ha vuelto loco.

—¿No tiene familia?

—Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.

—Pues por este hombre no se puede hacer nada—dijo Andrés—. Lo único sería llevarlo al hospital o a un manicomio. Ya mandaré una nota al director del hospital. ¿Cómo se llama el enfermo?

—Villasús, Rafael Villasús.