Su pesimismo le hacía pensar que la calma no iba a ser duradera.
—Algo va a venir el mejor día—pensaba—que va a descomponer este bello equilibrio.
Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo. Asomándose a ella, el vértigo y el horror se apoderaban de su alma.
Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo a sus pies.
Para Andrés todos los allegados eran enemigos; realmente la suegra, Niní, su marido, los vecinos, la portera, miraban el estado feliz del matrimonio, como algo ofensivo para ellos.
—No hagas caso de lo que te digan—recomendaba Andrés a su mujer—. Un estado de tranquilidad como el nuestro es una injuria para toda esa gente que vive en una perpetua tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten en cuenta que han de querer envenenarnos.
—Lo tendré en cuenta—replicaba Lulú, que se burlaba de la grave recomendación de su marido.
Niní, algunos domingos, por la tarde, invitaba a su hermana a ir al teatro.
—¿Andrés, no quiere venir?—preguntaba Niní.
—No. Está trabajando.