Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a temblar. Un día la oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror desapareció.
Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a casa de su condiscípulo Fermín Ibarra. Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tenía como a un niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.
Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de la clase de disección, de los cafés cantantes, de la vida de Madrid de noche.
Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.
¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El sentirse sano y fuerte cerca del impedido y del débil?
Fuera de aquellos momentos, en los demás, el estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el espíritu. La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable.
VII
ARACIL Y MONTANER
Aracil, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de Anatomía. Aracil se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado su padre; Montaner a un pueblo de la Sierra y Andrés se quedó sin amigos.