—No me choca nada que no se levante—dijo el médico—porque toma morfina.
—¿De veras?—preguntó Iturrioz.
—Sí.
—Vamos a despertarle entonces—dijo Iturrioz.
Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.
—¡Está muerto!—exclamó Iturrioz.
Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.
Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.
La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.