El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.
Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el director de El Masón Ilustrado, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca.
Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían todos en sus bromas.
Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.
Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.
Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director de El Masón Ilustrado. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.
Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.
—Pero usted es un imbécil—le dijo Andrés bruscamente.
—¿Cómo?
—Que es usted un imbécil, una mala bestia.