No se mordía la lengua para hablar. Decía habitualmente horrores. No había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.

El primer día que fué Andrés a ver a Lulú después del baile, contó su visita a casa de doña Virginia.

—¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?—preguntó Lulú.

—Sí

—Valiente tía cerda.

—Niña—exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?

—¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?

—¡Jesús! ¡Qué palabras!

—A mí me vino un día—siguió diciendo Lulú—preguntándome si quería ir con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!