—Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.
—¿Sin casarse?
—Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.
—¿Y luego?...
—Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.
Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramática. Decía que no le gustaría llegar a vieja.
En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a Andrés:
—Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como decimos las mujeres.
—¿Por qué?—preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.